Yendo a hacer otra cosa, y pasando casualmente por debajo del Puente Avellaneda, notamos con el chofer la columna de humo que ascendía desde el puente. Un auto incendiándose a la vista de todos. Los bomberos llegaron rápidamente.
“CraaaaaaaaaAAAAAAY” grita el CD, y las chicas se agachan. ¡“BeibeeeEEE “! vuelve a cantar, y todas se estiran. La clase de danza jazz del Estudio Piva Pérez se mueve toda junta a medida que Janis Joplin se desgarra en su famosa canción. Van de acá para allá, mientras yo disparo mis fotos, tratando de no distraerlas. Es inútil mi precaución, están muy concentradas. Tanto, que al saltar y caer al piso, el disco salta también, valga la redundancia. “De nuevo” dice la profesora Patricia Belloni. “Vos, más arriba las manos; vos, la pierna derecha –corrige, casi que las reta -; todas en diagonal, así él puede hacer una buena foto” recomienda. Qué bien, pienso, parece que lo estuvieran haciendo para mí. Será que soy el único hombre en el salón. Pero no, no es eso. Arrancan de nuevo. “Craaaaaai beeeeibeeeee” llora Janis. La coreografía avanza; me concentro esta vez en el espejo, así tengo un tiro de cámara mas largo. Todas al piso, todas de pie, las manos arriba, las piernas derechas. “Camooon, camooon,” grita Janis. “¡¡Ahora - grita Patricia - con ganas!!”. Las chicas giran, saltan, caen otra vez. Termina la canción, mantienen la pose. Finalmente, desarman. La profesora repasa los errores. Las vuelve a retar: “Chicas, lo que vimos la clase pasada, por favor. Parece que de eso no hubo nada” Será que la disciplina de la danza es así, estricta, despiadada, como quien dice “la letra con sangre entra”. Me asalta un pensamiento tranquilizador: Menos mal que siempre fui patadura.
Soy fotógrafo, trabajo en el diario Dia a Dia, de Córdoba. Me dedico fundamentalmente a fotografía de prensa, si bien he incursionado en la fotografía publicitaria, sociales, industriales, moda, laboratorio y un largo etcétera. También de vez en cuando y si mi trabajo me deja tiempo, exploro otros géneros, más personales.